Malvinas, soberanía e identidad en tiempos de incertidumbre

En estos tiempos difíciles, donde se reconfiguran sentidos, prioridades y consensos, la causa Malvinas vuelve a interpelarnos con una fuerza particular. Ya no solo desde la memoria y el homenaje, sino también desde una pregunta urgente y actual: ¿Qué lugar ocupa hoy la soberanía en nuestro proyecto de país?

USHUAIA.- A 43 años del conflicto en el Atlántico Sur, el escenario geopolítico internacional y el discurso interno de algunos sectores ponen en tensión la centralidad de Malvinas como causa nacional. Asistimos con preocupación al avance del Reino Unido sobre nuestros territorios y espacios marítimos, como quedó demostrado recientemente con la ampliación unilateral del área de exclusión en las islas Georgias del Sur. Pero también observamos, con igual preocupación, cómo hacia adentro se relativizan símbolos, fechas, organizaciones, etc.

Malvinas no es una causa del pasado. Es una causa profundamente contemporánea. Representa no solo un reclamo legítimo de soberanía territorial, sino también una defensa de los recursos estratégicos, de nuestra posición en el Atlántico Sur y, sobre todo, de un principio básico: la libertad de decidir como pueblo sobre nuestro destino.

Porque ser soberanos es ser libres. Es poder ejercer el derecho de gobernarnos a nosotros mismos, sin imposiciones externas ni condicionamientos coloniales. Es poder decidir cómo producimos, cómo defendemos nuestro territorio, cómo cuidamos nuestros recursos naturales, cómo educamos y cómo proyectamos nuestra voz en el mundo.
Quienes vivimos en el sur del sur, en la ciudad más austral del continente, sabemos que la soberanía no es una consigna: es una forma de vivir, de habitar y de entender el presente y el futuro. Malvinas está cerca, pero no solo por su geografía. Está cerca porque nos atraviesa en lo cotidiano, en nuestra cultura, en nuestra historia y en la manera en que concebimos la Nación.
Es preocupante ver cómo en algunos discursos se banaliza el reclamo o se pone en duda su relevancia. Nada más peligroso que una Nación que duda de sí misma. La desmalvinización, en cualquiera de sus formas, es siempre una renuncia: una renuncia a nuestra historia, a nuestros derechos, a nuestros héroes, y también a nuestra capacidad de ser un país verdaderamente libre.
Hoy, el mundo asiste a nuevas disputas por soberanía, por territorios, por recursos. Y Argentina tiene el deber -no solo el derecho- de reafirmar su presencia, su convicción y su reclamo. Porque sin soberanía, no hay libertad. Y sin libertad, no hay Nación.

Este 2 de abril no es una efeméride más. Es un llamado a recuperar el sentido profundo de lo que somos y lo que queremos ser. Malvinas no es solo un reclamo diplomático. Es una afirmación de identidad. Un acto de memoria. Y también una declaración de futuro.
Desde Ushuaia, capital de Malvinas, levantamos la voz no por confrontar, sino por afirmar. Porque la soberanía no se entrega, no se subasta, no se posterga. Se ejerce, se defiende y se transmite.

Malvinas nos une. Malvinas nos define. Malvinas nos proyecta. Y en Malvinas, como en toda nuestra historia, late el deseo más profundo de un pueblo libre: vivir con dignidad, con justicia y con soberanía.

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